El final de las Memorias de Adriano de Yourcenar, traducidas por Julio Cortázar, siempre me ha parecido una belleza, el momento más feliz de todo el libro:
Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de m cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miraremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos...
Un día entendí que era la voz de Cortázar más que la de Yourcenar la que conmovía. Yourcenar abre el fragmento con petite âme, que literalmente sería "pequeña alma", pero que Cortázar traduce por mínima alma mía, de mucha mejor sonoridad. Nos proporciona una felicidad inicial ausente en el texto en francés.
Pero la historia va más atrás. Yourcenar escribió ese final basándose en uno de los pocos poemas que se conservan del propio Adriano, que en latín dice:
Animula vagula blandula,
hospes comesque corporis,
quae nunc abibis in loca
pallidula, rigida, nudula,
nec ut soles dabis iocos
Tres palabras aliteradas: Animula vagula blandula. Mínima alma mía.
Quiero pensar que Cortázar leyó a Yourcenar escuchando a Adriano.
Quiero pensar en una misma melodía que enhebra las palabras de tres poetas.

